¿Me rindo o no me rindo?
Terminé la sesión de Zoom y llamé a mi pareja para contarle cómo me había ido. Acto seguido, abrí una botella de vino, aunque se suponía que nada de alcohol ese día, pero lo que había ocurrido bien ameritaba una buena copa o dos.
Esta era la charla en que iba a presentar un programa en que venía trabajando hace un tiempo. Tenía 62 personas inscritas, con recordatorio enviado un día antes. Faltando cuatro minutos para las 19:00 hrs. había sólo dos personas. A las 19:03 horas, seis personas. Es ahí donde dije: “vamos a esperar un par de minutos más para los que puedan venir un poco atrasados”, mientras yo pensaba, deseaba, rogaba que fuesen a aparecer en cualquier momento 10 a 15 personas más. 19:06 horas, siete u ocho (ya ni me acuerdo) y eso sería, eso fue.
Pensaba en los coaches que te dicen que “las expectativas son las mayores fuentes de sufrimiento humano”. O los otros, los estoicos, que te dicen: “suelta lo que no depende de ti”. Chucha… y yo no pudiendo hacer nada de eso, en ese momento. Antes de la charla, había pensado en “mi peor escenario”, que hubiese llegado la mitad de la gente inscrita, pero nunca me preparé para un 10%. Entre los asistentes, una amiga que se sumó para apoyarme emocionalmente y otros tres muy conocidos. De los ocho que estuvieron en algún momento, terminaron cinco. Algunos se salieron sin decir nada, otro se excusó por el chat… y chao.
- ¿Alguna pregunta antes de cerrar?
Silencio. Solo gracias por la presentación y buenas noches.
Ahí la llamada a mi pareja y luego el vino.
Hace tiempo que no me sentía así. Se me vino encima una tonelada de dudas, preguntas sin respuestas, me sentí 120% vulnerable, no sabiendo si guardar ese sentimiento aquí “adentrito” o gritarlo. Me cuestioné el por qué hago lo que hago. ¿Es necesario? ¿Necesito más? ¿Me puedo quedar con lo que tengo y dejarme de inventar otras instancias? Me pregunté qué había hecho mal. ¿Tuvo sentido el programa presentado? ¿El precio era el correcto… o espanté a los pocos interesados? Incluso agradecí, que si de verdad no lo había hecho bien, hubiesen sido poquitos lo que efectivamente llegaron.
Decidí apagar la pantalla del compu y prender la de la tele. Hanna, segunda temporada, tercer capítulo. Este tema se retomaría otro día… no más ese jueves por la noche.
Igual me acosté pensando… ¿cuándo suelto?, ¿cuándo me doy derecho a rendirme, legítimamente? Pensamiento que se vio confrontado con la otra mirada legítima de que si de verdad quiero hacer el programa, ¿cómo me sobrepongo a una batalla perdida? ¿Cómo me levanto y le vuelvo a dar con todo? La pregunta fue entonces: ¿qué deseo hacer y qué nivel de esfuerzo le quiero poner para hacerlo?
Preguntas abiertas que no tenía la intención de responder en ese momento.
Viernes full en la mañana. Presentación de propuesta comercial de un programa de Comunicación Efectiva para Líderes. Luego tripartita de proceso de Coaching con una V.P. y el Gte Gral de una gran minera, para luego continuar con la V.P. en una sesión “redondita”.
En la tarde, Taller de Colores Insights Discovery para un equipo directivo de una empresa familiar. Los dos padres y sus tres hijos. Redondito también…me encantó, como también le encantó a la coach que me contrató para realizar el taller.
De vuelta a casa desde la comuna de San Joaquín, hablé con dos personas sobre lo que había ocurrido el jueves. La primera no pudo asistir a la charla y empatizó conmigo 100% respecto a lo que estaba sintiendo, que situaciones como esta se daba y que, de pronto, había que repensar la oferta. Un “abrazo” telefónico de apoyo y cuidado. Agradecido por ello.
La segunda persona si había asistido a la charla y, detalles más, detalles menos, le encantó el programa. No tenía el dinero para tomarlo, pero me ofreció que ella lo vendía y así se pagaba su participación. Que, de hecho, ya tenía una segunda persona interesada, que también podría venderlo. Nada de abrazo apoyador, sino una invitación a no quedarme allí, a seguir, a validarme, a no olvidar todo lo que yo puedo aportar de mi experiencia a otros.
Agradecido por ambas conversaciones. Y me di este fin de semana para pensarlo, para reflexionar al respecto, para imaginar por dónde va la cosa… para hablarlo con mi pilar emocional y pragmático permanente, mi pareja.
En una segunda mirada, de un poco más arriba, estas situaciones me conectan definitivamente con mi vulnerabilidad. Y claro que es distinto hacer un taller de Vulnerabilidad donde hablo de ello, que vivírmela así... y estar dispuesto a mostrarla, como lo hago en estas líneas.